Una breve reseña de los jesuitas con pruebas que la soportan, del peligro de su reavivamiento alrededor del mundo (2)

UNA

BREVE CUENTA

El reavivamiento de la Orden de los Jesuitas por el actual Papa, después de que hubiera sido totalmente abolida por un su predecesor (Clemente XIV.), en las fervientes súplicas, téngase presente, no de protestantes, sino incluso de Reyes Católicos, como absolutamente incompatible con la existencia de la sociedad civil, parece ser un evento sin importancia ordinaria, y no puedo sino sentir una considerable sorpresa por la apatía y la indiferencia que se manifiesta en el asunto por los Estados de Europa en general, y por este país en particular. En un período en que se nos informa que una mayor luz y liberalidad prevalecen en el mundo que fueron alguna vez encontrados en él, -cuando se nos asegura que si bien el credo del catolicismo es inmodificado e inmutable, sin embargo, su práctica está totalmente alterado, y que no tenemos nada que temer de la conducta de sus profesores, ya sea dentro o fuera del poder, precisamente en este período es que nos encontramos una orden con prácticas nefastas atravesando toda Europa, y en contra de cuya existencia continuada protestó toda Europa, restablecida por el actual jefe de la Iglesia Romanista, y está entrando con todo su característico espíritu en el desempeño de sus diversas funciones. El objeto que me propongo a mí mismo, es mostrar que uno de los temas más importantes para los que este país tiene derecho de buscar la protección de su Parlamento como el guardián natural de sus libertades religiosas y políticas, tal vez no hay ninguno que se destaque más prominente, que está embarazada con mayor peligro para esta nación, o pide remedios más rápidos en la parte de su Legislatura, que el reavivamiento de la Orden de los jesuitas. Tengo la intención de dar un resumen de la historia de esta Orden, para proporcionar algunas evidencias históricas en apoyo de su exactitud, y para hacer algunas observaciones sobre el conjunto.

El plan original que el fundador de la Orden (Ignacio de Loyola) formó de su constitución y leyes, fue sugerido, como él lo dio, y como sus seguidores todavía enseñan, por la inmediata inspiración del Cielo. Pero a pesar de esta elevada pretensión, su designio reunió en primer lugar una violenta oposición. El Papa Pablo III, a quien Loyola aplicó para la sanción de su autoridad para confirmar la institución, refirió su petición a una comisión de cardenales. Que representan el establecimiento que no es necesario, así como peligroso, y Pablo se negó a conceder su aprobación a la misma. Por fin Loyola eliminó todos sus escrúpulos por una oferta que era imposible de resistir para cualquier Papa. Propuso que, además de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia monástica, que son comunes a todas las ordenes regulares, los miembros de su sociedad deben tomar un cuarto voto de obediencia incondicional al Papa, obligándose a ir a donde quiera que él los envíe para el servicio de la religión, y sin necesidad de ninguna cosa de la Santa Sede para su apoyo. En un momento en que la autoridad papal había recibido un shock por la revuelta de tantas naciones de la Iglesia Romanista; en un momento en que cada parte del sistema papista fue atacado con mucha violencia y éxito, la adquisición de un cuerpo de hombres, particularmente devotos a la Sede de Roma, y quienes podría poner oposición a todos sus enemigos, era un asunto de la más alta importancia. Pablo instantáneamente percibir esto, confirmó la institución de los jesuitas por su bula en 1540 – concedió los más amplios privilegios a los miembros de la Sociedad, y nombró a Loyola a ser el primer general de la Orden. El evento justificó plenamente su discernimiento, al esperar tales consecuencias beneficiosas a la Sede de Roma de esta institución en menos de medio siglo, la Sociedad obtuvo establecimientos en todos los países que se adhirieron a la Iglesia Católica Romana; su poder y su riqueza aumentaron sorprendentemente; el nombre de sus miembros llegó a ser grande; su carácter, así como los logros eran todavía mayores; y los jesuitas fueron celebrados por los amigos y temidos por los enemigos de la fe romana, como la orden más capaz y emprendedora en la iglesia.

La constitución y las leyes de la sociedad fueron perfeccionados por Lainez y Acuaviva, los dos generales que sucedieron a Loyola; hombres muy superiores a su maestro en capacidades y en la ciencia de gobierno. Se enmarcan ese sistema de política e ingenio profundo que distingue a la orden, mientras que la gran infusión de ardor y entusiasmo religioso, que son mezclados con su regulación, se debe importar a Loyola, su fundador. A Laínez, en particular, se le atribuye la Monita Secreta, o las instrucciones secretas de la orden, que no se hicieron públicas hasta alrededor del final del siglo 17, y una edición en el latín original, con una traducción al Inglés en el apposite página, se dedican a Sir Robert Walpole en 1722. Estas instrucciones secretas son ahora difíciles de procurar, y de ninguna manera son suficientemente conocidas.

Muchas circunstancias ocurrieron en dar una peculiaridad de carácter a la orden de los jesuitas, y en la formación de sus miembros no sólo en tomar gran parte en los asuntos del mundo como ningún otro cuerpo de monjes, pero para adquirir influencia superior en la conducta de ellos.

El objeto principal de casi toda orden monástica es separar a los hombres del mundo, y de cualquier preocupación de sus asuntos. En la soledad y el silencio del claustro, el monje está llamado a trabajar por su propia salvación por actos extraordinarios de mortificación y piedad. Él está muerto para el mundo, y no debe mezclarse en sus transacciones. Él no puede ser de ningún beneficio para la humanidad, sino por su ejemplo y oraciones. Por el contrario, a los jesuitas se les enseña a considerarse como formados por acción. Son elegidos soldados, sujetos a esforzarse continuamente ante los ojos de Dios, y del Papa, su vicario en la tierra. Cualquiera de ellos tiende a instruir a los ignorantes, cualquier cosa que pueda ser de utilidad para reclamar u oponerse a los enemigos de la Santa Sede, es su objeto propio. Para que puedan tener tiempo completo libre para este servicio activo, ellos están totalmente exentos de esas funciones que son el principal negocio de otros monjes. No aparecen en ninguna procesión; en su la práctica no hay austeridades rigurosas; no consumen la mitad de su tiempo en la repetición de tediosos oficios; pero están obligados a asistir a todas las transacciones del mundo a causa de la influencia que éstas pueden tener en el éxito de la religión católica; ellos son dirigidos a estudiar la disposición de las personas de alto rango, y a cultivar su amistad; y por la propia Constitución, así como el genio de la orden, un espíritu de acción e intriga se infunde en todos sus miembros.

A medida que el objeto de la Compañía de Jesús fue diferente del de las otras órdenes monásticas, no hubo una menor diversidad en la forma de su gobierno. Las otras órdenes han de ser consideradas como asociaciones voluntarias, en el que todo lo que afecta a todo el cuerpo es regulado por el sufragio común de todos sus miembros. El poder ejecutivo es ejercido por las personas puestas a la cabeza de cada convento, o de toda la sociedad; la autoridad legislativa reside en la comunidad. Asuntos del momento en relación a los conventos particulares son determinados en los capítulos conventuales; tales como el respeto de todo el orden considerado en las congregaciones generales. Pero Loyola conociendo el valor de la obediencia implícita, ordenó que el gobierno hacia su orden debe ser peculiarmente monárquico. Un general elegido de por vida por diputados de las distintas provincias, poseyendo un poder que era supremo e independiente, que se extiende a todas las personas y para todos los casos. Él, por su sola autoridad, nomina provinciales, rectores, y todos los demás oficiales empleados en el gobierno de la sociedad, y podría eliminarlos a su antojo. En él fue concedida la administración soberana de los ingresos y los fondos de la orden. Cada miembro perteneciente a ella está a su disposición; y por su mandato incontrolable, el podría imponerles cualquier tarea, o emplearlos en lo que pidiere servicio a su antojo. A sus órdenes estaban obligados a producir no sólo la obediencia externa, sino a abandonarle a él las inclinaciones de su propia voluntad, y los sentimientos de su propio entendimiento. Fueron a escuchar sus requerimientos, como si hubieran sido pronunciadas por Cristo mismo. Bajo su dirección ellos son sólo instrumentos pasivos, como la arcilla en manos del alfarero, o más máquinas incapaces de resistencia.

(1) http://masnobles.net/2016/01/una-breve-resena-de-los-jesuitas-con-pruebas-que-la-soportan-del-peligro-de-su-reavivamiento-alrededor-del-mundo/